Parece que fue hace tanto. No paso mucho tiempo, pero tampoco poco.
Como extraño esa sensación de nerviosismo que me generaba escuchar esos últimos segundos de canción antes de saber que tenía que saludar, que responder, que prender el micrófono. Y era en ese momento donde arrancaba la magia. Solo escuchaba mi voz, la de mis compañeros y una ínfima música de fondo.
Diversión, nerviosismo, empuje y vocación.
El micrófono se movía para todos lados, era viejo, o nuevo, pero nunca terminaba de servir el pie. En ninguno de los dos estudios. (Uno era un estudio, el otro un rectángulo con dos mesas y una consola –pero con garra y amistad-)
Leer noticias a mil por hora cuando otro hablaba, marcar con el resaltador, escribir ideas y chistes dos segundos antes del aire. Te distraes, en algún punto es inevitable.
Tomas la palabra y te sentís bien, en éxtasis, poderoso quizá.
Tiene magia. No es fácil de entender, tampoco difícil. Basta con probar, resulta algo así como una droga. Una adicción. Una pasión, ¿por qué no?
Era bueno el rito, el de juntarse y sonreír, y pelear.
El cargar con sillas por dos cuadras porque no teníamos donde sentarnos. Morir de frío en invierno tomando unos mates que no pasaban de la tercera cebada. Tentadas al aire, y discusiones con oyentes por el estado de supuestos galanes.
Y después fue de noche, en principio los viernes, después de lunes a viernes. Se generó una química impresionante. "Con el halo de LV que no los deja", dijo alguien alguna vez. Los viernes eran de café y charlas sobre nada, y sobre todo. Era el rito. La comunión de las ideas, y por supuesto, de las pavadas.
Son nostalgia. Recuerdos. Ganas de volver a ser, a estar y a hacer. Se que va a hacer así.